La niñez del Profeta Khual

El Gran Bardo se sentó sobre un tocón de árbol que alguien acercó a la hoguera. Después, acercó su arpa y la afinó mientras los presentes se acercaban y, sentándose en la hierba, formaban un círculo alrededor de él.

El Gran Bardo dirigió una reverencia al rey Phiel y a la reina Ilean que se encontraban sentados en primera fila, y con mágicas notas salidas del roce de sus dedos con las cuerdas del arpa, regalo del mismísimo Rey, comenzó su historia:

A diferencia de lo que dicen las leyendas, el Profeta Khual no apareció simplemente sobre el mundo, ni el mar lo lanzó río arriba hasta llegar a un bosque en las montañas donde fue criado por las creaturas que ahí residían. No, señor, no. Khual Karey nació de un padre humano y de una madre humana, como todos los aquí reunidos.

El padre de Khual, el orgulloso Duque Marheal Karey era sólo un jovencito cuando conoció a la doncella Bethmar Morville durante uno de sus escapadas de su mansión. Marheal y Bethmar se enamoraron a primera vista, y desde ese momento nunca se separaron. Pero los padres de ambos jóvenes estaban totalmente en contra de su unión, por lo que ellos escaparon, y construyeron su cabaña en lo profundo de un bosque perdido en las montañas. Fue ahí donde concibieron a Khual, y donde creció durante los primeros años de su vida.

Pero pasados los años, las familias de Marheal y Bethmar decidieron que preferían soportar el amor entre sus hijos, antes que no volverlos a ver y enviaron mensajeros a buscarlos por todo el país.

Eventualmente, los mensajeros encontraron a la familia, y la guiaron de vuelta a la hacienda de los Karey, donde se había construido una nueva casa sólo para ellos.

Los Karey trataron de ser felices en su nuevo y más lujoso hogar, pero la libertad que el bosque les había ofrecido no existía más. La familia y los vecinos les espiaban constantemente, les observaban y dejaban libre su lengua soltando chismes y calumnias que lograron confundir el corazón de ambos.

Bethmar decidió que no podía vivir así, y le comentó a Marheal la posibilidad de volver a su cabaña en el bosque. Pero Marheal sentía una gran deuda con sus padres y sentía que no podía dejarlos.

Bethmar amaba a Marheal. Pero no podía soportar estar prisionera de él, sobre todo cuando desde hacia tiempo se dejaba manipular por sus emociones, desconfiando de ella, creyendo en aquello que otros decían y más tarde imaginando terribles mentiras por sí mismo.

Bethmar abandonó su residencia, pero dejó al pequeño Khual con su padre. “Tu podrás darle todo lo que necesite, mientras yo ni siquiera se a donde me dirigiré”, explicó.

Marheal lloró la partida de Bethmar por semanas, pero su orgullo le impidió ir a buscarla y retractarse.

Eventualmente, Marheal se caso con una mujer que sus padres eligieron para él, pero que odiaba al pequeño Khual porque le recordaba al verdadero amor de su marido. Lo mantuvo con vida y le proporcionó lo necesario para vivir, es cierto, pero también lo trato siempre como si él fuera mucho menos que el resto del mundo.

A pesar de vivir entre su padre, que moría un poco más en su interior con cada año alejado de Bethmar, y su madrastra, Khual se sintió siempre abandonado. Y fue por ello que busco refugio en los Dioses, que le adoptaron como a un hijo propio y lo guiaron por los caminos de la sabiduría que lo convirtieron en el sabio profeta que hoy conocemos: solitario, atormentado por la tristeza y la desesperación y anhelante de volver a los brazos de nuestra madre, Keith.